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La curiosa historia detrás de Moleskine

Cuadernos depositarios de ideas y esperanzas

La escritura es uno de los mayores inventos de la humanidad, el invento a partir del cual todo conocimiento humano se desarrolla. Es a través de ella que se han plasmado y pasado los conocimientos de generación en generación y de un continente a otro. Los relatos y tradiciones orales se pierden y modifican, mientras que los escritos perduran en el tiempo.

Hoy en día, y a pesar de estar rodeados de ordenadores, teléfonos, y diversidad de dispositivos que nos facilitan la escritura a través de teclados y pantallas, existen estudios que confirman  que la escritura manual se asocia con una retención a largo plazo de la información, una mejor organización del pensamiento y una mayor capacidad para generar nuevas ideas. En estos tiempos tan digitales, una empresa como Moleskine sigue seduciendo al mundo con sus cuadernos, creando una comunidad de aficionados. Hoy os contamos su interesante historia 😉

El cuaderno de notas Moleskine es el heredero y sucesor el legendario cuaderno usado por artistas y pensadores durante los últimos dos siglos, tales como Vincent Van Gogh, Pablo Picasso, Ernest Hemingway y Bruce Chatwin.

En 1887, en Londres, Frank Smythson, experto trabajador del cuero, abrió su primera tienda  y dedicó sus primeros años a crear el cuaderno perfecto. Quería convertir su tienda en el lugar de referencia para las personas que tenían grandes ideas y querían custodiarlas para siempre. Y lo consiguió. El nombre Smythson se popularizó hasta llegar a lo más alto en 1908, cuando, después de infinidad de diseños, nació Panamá, el primer cuaderno portátil preparado para ser doblado sin deformarse y con una hechura que permitía llevarlo en el bolsillo interior de las chaquetas. Eso sí, con un precio que no todo el mundo podía permitirse.

Fue en estos cuadernos Panamá donde Sigmund Freud recopiló cientos de confesiones, Hemingway ideó sus novelas, Winston Churchill sus discursos e incluso Marilyn Monroe recogió algunos de sus más íntimos pensamientos.

No obstante, como hemos dicho, no estaba al alcance de todo el mundo y fue entonces, cuando en 1997 nacieron en Italia unos cuadernos capaces de competir con el Panamá, a un tercio de su precio. El novelista Bruce Chatwin los utilizaba para escribir sus historias, y lo más importante, se refería a ellos como Moleskine, por la similitud visual que tenía con la textura de la piel de un topo (mole=topo y skin=piel).

En 1994, Maria Sebregondi, quien trabajaba en Modo & Modo como diseñadora, se encontraba buscando un producto de éxito para la generación X. Ella y su equipo habían pensado en camisetas con frases célebres de autores, pero Maria no estaba convencida con ello, y decidió irse de viaje para encontrar la inspiración. Leyendo a su admirado escritor de viajes, Bruce Chatwin, descubrió que en su libro Los trazos de la canción (un relato de sus andanzas por Australia) se quejaba del cierre del taller de sus imprescindibles cuadernillos de viaje.

Maria, quién en su momento también quiso comprar unos de estos cuadernos, regreso a sus oficinas asegurando tener el producto para la generación X. “Será italiano y se llamará Moleskine”.

Logró convencer a sus superiores explicando que a esa famosa generación a la que iban destinado su producto, era amante de las historias, y por eso colocó la de Chatwin en su interior. Decidió que los cuadernos se venderían en librerías y no en las habituales papelerías. Según decía, no eran cuadernos para escribir listas, sino libros para escribir.

Finalmente, y tras una primera negación y ante el miedo a lo que vendría, las librerías aceptaron venderlos. De hecho, la primera edición se vendió en tan solo dos días. Desgraciadamente, Chatwin murió antes de poder probarlos.

Sin duda Maria acertó y hoy en día la empresa cotiza en bolsa con un valor de 27 millones y tiene tiendas en 95 países. Moleskine ha sabido convertir un objeto “simple” en un producto de alta gama que transmite un “estilo de vida”. Ella es ahora la presidenta de la Moleskine Foundation.

Y como ellos dicen…

“Es la historia detrás del producto, no el producto. Somos contadores de historias”.

 

 

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