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“Siento la necesidad de viajar”

Normal. Viajar se lleva en la sangre

¡Feliz año nuevo! Hemos dado el paso al 2021 y seguro que muchos de nosotros hemos pedido deseos. Salud, familia, estabilidad, suerte, dinero (¿por qué no?) … y VIAJAR. Porque lo hemos echado mucho de menos. Porque viajar nos gusta, nos hace crecer, nos hace disfrutar, nos hace aprender, nos ayuda a desconectar y nos carga las pilas. Viajar nos llena, y que no nos extrañe, es una llamada de la naturaleza, porque viajar lo llevamos en la sangre.

Desde las travesías en el Pacífico, las escaladas a las montañas más altas hasta nuestra próxima parada: Marte. Pero tampoco hace falta irnos tan lejos, el ejemplo más fácil es el “necesito una escapada para salir de mi rutina”. Así somos. Se dice que los seres humanos somos nómadas de fábrica pero que nos hemos quedado presos de nuestro día a día. Nos hemos adaptado y acostumbrado al sedentarismo. Pero en realidad, nuestra esencia es altamente curiosa y queremos alimentar nuestro afán explorador.

Sentimos la necesidad de movernos y de cambiar de aires, y es que esta sensación puede ser igual de impactante que el amor. De acuerdo con un artículo del National Geographic , y para los más románticos, visitar sitios nuevos puede llegar a provocar la misma sensación de “mariposas en el estómago” que cuando nos enamoramos.

Pero… ¿por qué tenemos ansias por perdernos en cualquier lugar nuevo? Popularmente se dice que viajar está programado en nuestros genes. Y de hecho, esto no acaba de ser del todo mentira. El conjunto de varias condiciones genéticas influyen en nuestro deseo de curiosear, movernos y viajar. Y… ¿cuáles son esas?

Hace mucho tiempo parte del colectivo científico empezó a indagar en nuestro ADN en busca de pistas que desvelaran nuestra curiosidad innata. En el mismo artículo del National Geographic se pone de manifiesto la relación entre la existencia de una variante de un gen (DRD4-7R) con la curiosidad y la inquietud. Coincidía que las personas que presentaban esta variante (que interviene en la dopamina) eran más abiertas a aceptar riesgos, explorar nuevos lugares, apreciar el cambio y la aventura.

Se llegó a creer que nuestra naturaleza nómada se reducía al gen 7R. Pero evidentemente no todo puede ser tan fácil. No todo se puede reducir a una simple variante de un gen. Y así lo defiende el genetista Kenneth Kidd que, junto a otros científicos, consideran que son varios los genes que contribuyen a nuestra necesidad de conocer mundo. Y es que tal y como defienden ellos, por mucho que tengamos las ganas, necesitamos los medios (y no hablamos de los económicos) que nos permitan llevarlo a cabo.

Nuestra naturaleza evolutiva nos dotó de cuatro extremidades que junto con nuestro cerebro parecen ser el combo perfecto. Nuestros parientes más cercanos, los primates, también tienen pies y manos. Sin embargo, nuestra genética ha desarrollado piernas y caderas más grandes, permitiéndonos así recorrer grandes distancias. Y no nos olvidemos de nuestras manos. Su destreza combinada con la capacidad creativa e imaginativa de nuestro cerebro propicia nuestro carácter más aventurero.

No obstante, la vida a veces nos pone a prueba y aunque no todo el mundo dispone de los mismos “medios”, lo que en un principio podría parecer un freno se convierte en una motivación que, mezclada con la gran ambición humana de querer conocer mundo supera cualquier supuesto “impedimento”.

Los seres humanos vivimos la infancia más larga de todos los mamíferos. Cuando dejamos de mamar, emprendemos un largo camino hasta la pubertad donde no tenemos preocupaciones y explotamos (o deberíamos) al máximo nuestra imaginación. Es durante este tiempo donde desarrollamos la maquinaria cognitiva para explorar.

Está claro que no todos queremos ir a Marte, o queremos coger una mochila, ir al aeropuerto y perdernos en el primer destino que aparezca. Pero como ya hemos comentado antes, seguro que queremos ir de excursión para escaparnos de la rutina. De una forma u otra, la naturaleza nos ha dado los instrumentos básicos para movernos.

Volveremos a viajar. Porque el viajar se lleva en la sangre. Y ante las necesidades básicas solo podemos responderles complaciéndolas.

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