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El nuevo paradigma de las marcas: de clientes a creyentes

Se dice que las marcas han pasado por tres etapas hasta llegar a lo que son ahora: la etapa de cerebro, la etapa de cerebro y corazón, y la actual, la de cerebro, corazón y alma.

La primera era aquella en que la marca se focalizaba únicamente en el producto,  en sus ventajas (especialmente su funcionalidad) y su única misión era vender. Con el paso de los años, aumentó la competencia, y  es aquí donde nació el concepto de posicionamiento: se creó la necesidad de diferenciarse. Y es aquí también cuando las marcas empezaron a ser un poco más emocionales y a responder a necesidades y aspiraciones del público. Pero como en todo, llegó un momento en que este posicionamiento basado en lo emocional ya no era suficiente, ya no era diferente. La misma necesidad de singularizarse las llevó a cobrar vida, a tener alma.

Y así es como son ahora. Marcas focalizadas en valores, que aspiran a una sociedad mejor y que con un compromiso real movilizan a sus públicos e impactan en sus (nuestras) vidas, entorno y sociedad.

 La palabra clave en esta nueva era no es comercial sino social.

Las marcas han pasado de ser vendedoras a conectores, de ofrecer productos a ofrecer experiencias, y de clientes a “creyentes”.

Las marcas tienen una presencia y una influencia cada vez más poderosa en nuestras conductas. Fijémonos en como Netflix ha transformado el concepto social de tiempo libre, de conversaciones y de consumo de contenidos. O paremos atención a como Facebook, Twitter o Google pueden influir en la opinión pública.

En pleno siglo XXI, las marcas se han convertido en símbolos que atraviesan fronteras y su impacto, como íbamos diciendo, va mucho vas allá de lo comercial: es cultural, social y emocional.

Ante la ausencia de líderes y referentes, las personas no tan solo compramos marcas, sino que nos unimos a ellas porque creemos en su propuesta, su honestidad, su transparencia y su ética. Definen nuestra identidad y nos permiten pertenecer a algo más grande que el individuo: el grupo.

Las marcas configuran nuestra relación con el mundo y es que nuestro día a día gira entorno a ellas: compramos cosas, invertimos nuestro tiempo y atención y gastamos nuestro dinero en base a la confianza que tenemos en las marcas. Forman parte de nuestros usos y costumbres: trabajamos con Google Chrome, nos comunicamos a través de WhatsApp, nos movemos con Uber y perdemos el tiempo jugando al Candy Crush con nuestro iPad sentamos en un sofá de Ikea.

Hay quienes afirman que la marca del siglo XXI es la equivalencia del tótem que en el pasado reunía a la tribu a su alrededor con bailes. Tiene el mismo valor de protección y adoración. Porque nos sentimos identificados, sentimos conexión, orgullo y pertenencia.

¿Sabías qué el 50% de los consumidores en todo el mundo se consideran compradores impulsados por creencias?

La marca o como algunos lo llaman “el tótem” convoca y reúne gente. Es social y su mayor prioridad es trabajar para una vida nueva, una vida mejor y una sociedad mejor.

Para el consumidor, la elección de una marca por su creencia compartida se ha convertido en la elección de un tótem. Y es en este momento, cuando tu marca se considere un tótem, que se deja de tener clientes y se pasa a tener creyentes.

¿Y tú, tienes clientes o creyentes?

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