No es el recuerdo del viaje lo inolvidable, sino la suma de los pequeños -y grandes- placeres que vivimos. Las patatas fritas que me comí en aquella playa, el frescor de las fuentes de Roma en verano, el paseo en bicicleta por un Londres madrugador, la copa helada de vino blanco con la que me recibieron en el hotel, la chimenea de aquella habitación junto al mar… Ese cúmulo de sensaciones queda en nuestra memoria para siempre. Son los microplaceres que deberíamos acumular para dosificar durante el resto del año. No es motivación de tres al cuarto sino neurobiología.
Para empezar, los expertos afirman que nuestro cerebro es poco generoso y bastante vago, ya que está programado para ahorrar recursos hasta que los necesite para sobrevivir. Bajo esta premisa debemos entender la llamada adaptación hedónica: esa capacidad de acostumbrarnos a lo mejor en muy poco tiempo. Damos por normal en un espacio de tiempo muy breve el coche nuevo, el viaje a las Islas Vírgenes, la subida de sueldo, nuestra casa nueva, la promoción profesional que tanto hemos esperado o la escapada que nos regalaron por nuestro cumpleaños. Los grandes picos de bienestar son asumidos tranquilamente por el ser humano. Es química cerebral pura: “Muy bien, ya hemos experimentado esa grandísima alegría, ahora, a seguir…”
La ciencia lo explica sencillamente: el gran evento no es la única fuente de satisfacción del ser humano. Robert Sapolsky, neurobiólogo y profesor de la Universidad de Stanford, ha demostrado que la dopamina se libera poco a poco, especialmente en el momento de la expectativa. Es el viaje el que nos hace felices y no la meta, como nos han contado tantas veces.
También el cirujano y motivador profesional Mario Alonso Puig habla del foco. Frente a millones de datos procesados por nuestro cerebro, la mente consciente sólo puede centrarse en unos cuantos. «Mis días son bonitos porque yo quiero ver lo bonito del día; es una cuestión de dónde pongo el foco», explica Alonso Puig. Por eso es tan importante para este divulgador no vivir en modo piloto automático, rumiando el ayer o esperando ansiosos el mañana. Lo importante es lograr que nuestro cerebro disfrute de los microimpactos positivos del entorno: entrenarnos para encontrarlos siempre,
¿Y dónde se encuentran esos microplaceres diarios? En la música que escuchamos mientras conducimos, en las contagiosas carcajadas de un niño en el metro, en nuestra taza preferida, en el olor a bollos recién hechos, en la llamada de un amigo… Son muchos y algunos de ellos podemos encontrarlos por casualidad, aunque otros muchos podemos “forzarlos”. Con ello interrumpiremos el ruido mental, activando las llamadas redes de atención focalizada. Tus neuronas te lo agradecerán liberando dopamina y serotonina.
Guía rápida de microplaceres a tu alcance
- Un café en casa en una taza de barro que pese mucho. Sin trampas, sin conversaciones. Sólos tú y tu primer café.
- Pasear bajo la lluvia bien equipados. Gorro, impermeable y botas nos permitirán disfrutar de la ciudad con lentitud cuando los demás huyen.
- La oscuridad completa de un avión a punto de despegar por la noche. Sin móviles, sin poder escapar, en manos de otros…
- El primer trago de cerveza en una copa fría. Nuestro yo más cansado libera su mente y se deja llevar por el momento “fuera de la oficina”.
- ¿Petricor? Palabro aún no aceptado por la Real Academia Española, que significa el olor de la tierra seca cuando recibe gotas de lluvia que la empapan poco a poco.
- Meternos en una cama con sábanas limpias -y frías- Este cambio de temperatura del cuerpo nos predispone a dormir con una gran sonrisa sin saber muy bien por qué.
- Caminar por un parque de nuestra infancia. Dejarnos llevar por sus olores, las sensaciones, los recuerdos.
- Masticar algo rico y crujiente. Varios sentidos entran en juego en este gran pequeño placer. Prueba con cacahuetes calientes garrapiñados o con coco fresco.
- El silencio en el cine antes de empezar una película. Ese momento mágico en el que todo es posible. Todo.
- Una ducha fría después de un duro entrenamiento. Todos los sentidos se despiertan a la vez.
- El momento de empezar un libro (de calidad) El tacto de las tapas, el gramaje del papel, la tipografía y la experiencia que nos espera.
- Perfumarnos antes de dormir solos. Un pequeño gesto placentero de recompensa para uno mismo.