Ellas descubrieron que viajar era una forma de libertad más allá de convencionalismos. Ellas apostaron por descubrir mundo, por intentar -y lograr- lo imposible, por recorrer continentes, surcar los cielos y atravesar infiernos. Ellas soñaron lo que otras pero además, lo lograron. Ida, Isabella, Alexandra y Nellie representan a millones de mujeres que a lo largo de la historia han recorrido el mundo sin prejuicios y sin miedo.
Ida Pfeiffer, la aventurera madura. Nacida en 1797 en Viena, desde pequeña soñaba con atravesar el mundo en un camello, pero la corte se interpuso en su camino. Su madre le obligó a casarse y tuvo una vida convencional: un marido adinerado que más tarde caería en desgracia, dos hijos y poco más que contar. Pero nada era convencional en ella. A los 45 años hereda al morir su madre una pequeña fortuna y decide cumplir sus sueños. Con la excusa de peregrinar a Tierra Santa cambia de vida. Constantinopla, Beirut, Jerusalén, Damasco, El Cairo, el desierto a camello, Sicilia, Nápoles… Su primer libro, “Viaje de una vienesa a Tierra Santa”, se convierte en un gran éxito que sufragará sus nuevas aventuras. Islandia y Escandinavia le esperan mientras prepara su primera vuelta al mundo, un año antes de cumplir los 50. Cuatro años más tarde dará una segunda vuelta. Australia, Mauricio y Madagascar son los últimos destinos de esta aventurera que se saltó todos los convencionalismos de la época y que durante demasiados años fue olvidada por la historia.
Isabella Bird, la científica que nunca estudió Años después, esta exploradora volvió a demostrar que la edad y el sexo no eran importantes para recorrer el mundo. Nacida en 1831, fue el médico quien le recomendó viajar para curar sus fuertes dolores de espalda y su depresión. Tenía 40 años cuando decidió que más allá de su país, Inglaterra, había todo un mundo por descubrir. Hoy es recordada por ser la primera mujer aceptada por la Royal Geographical Society, con gran disgusto para algunos. Pero Isabella se lo ganó con méritos suficientes: recorrió Hawai cabalgando como loca cuando sus islas eran territorio virgen y vivió en una cabaña en las Montañas Rocosas, dicen las malas lenguas que con «Rocky Mountain Jim», un forajido al que le faltaba un ojo. También recorrió pueblos y aldeas de Japón, China o Corea, siendo la primera mujer occidental en adentrarse en sus territorios. ¿Su lema? «Ningún hombre ni mujer con un gramo de ambición debería morir sin haber visto el mundo».
Alexandra David-Néel: pasaporte francés y corazón tibetano Su historia daría para varios tomos y podríamos empezar por casi el final, cuando con 100 años, en 1968, renueva su pasaporte porque todavía tiene “mucho que ver”. Pero además de viajera fue anarquista, estudiosa de las religiones, cruzó el Himalaya a pie armada con un revólver, aprendió sánscrito y tibetano, vivió dos años en una cueva a 4.000 metros y caminó durante meses sobre la nieve llegando a comerse sus propias botas para sobrevivir. Tanto sacrificio tuvo su recompensa cuando accedió a Lhasa, la Ciudad Prohibida, disfrazada de mendiga. Su libro Viaje a Lhasa ha envejecido tan bien como su mantra: «La aventura es mi única razón de ser”. Cuando le comunicaron que su marido había muerto afirmó sin rubor: “He perdido a un maravilloso marido y a mi mejor amigo”. Llevaba 28 años sin verle…
Nellie Bly, la instagramer del siglo XIX. Julio Verne lo imaginó y lo escribió, pero ella lo convirtió en realidad. Y además narró aquel viaje con precisión y puntualidad. Corría el año 1889 y esta intrépida periodista de investigación decidió recorrer el mundo en 80 días. Bueno, en 72 días, 6 horas y 11 minutos para ser más exactos. Ese es el tiempo que tardó en hacer realidad el viaje que el escritor había imaginado. Como único equipaje llevaba un maletín, el vestido que llevaba puesto, un abrigo, algo de ropa interior y un neceser. Sus crónicas fueron seguidas por miles de personas, atónitas ante la aventura de una mujer sola, sin miedo, que cruzaba océanos y continentes como quien cruza una acera o un parque. Para ella, la aventura siempre fue la mejor noticia, demostrando que una mujer podía viajar ligera de equipaje y vivir -muy bien, por cierto- para contarlo.