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Sí, el perfeccionismo mata el talento

O cómo abrazar ‘lo suficientemente bueno’ para trabajar tranquilo y feliz

“Lo tengo casi acabado. Me falta poquísimo, sólo darle una vuelta más”. Las personas perfeccionistas sufren en su día a día, pero de forma exponencial en su trabajo. Sufren siempre, en cada faceta de su vida. Para ellos y ellas, su trabajo nunca es suficientemente bueno en un mundo que nos exige más y más.

Thomas Curran es profesor en la London School of Economics. Lo suyo es entender, estudiar y explicar nuestro comportamiento. Curran ha estudiado durante mucho tiempo las consecuencias del perfeccionismo en el ser humano. Algunos de los resultados de esas horas y horas de estudio son la base de su libro “La trampa de la perfección”. Y si nos gusta su título, mucho más el subtítulo: “El poder de lo suficientemente bueno en un mundo que siempre quiere más”.

Este profesor arroja una luz sobre las personas perfeccionistas con la que no se sentirán demasiado cómodas. Él habla de ese rasgo del carácter tan bien considerado en nuestro mundo en términos de inseguridad. “El perfeccionismo es —y siempre será— un rasgo relacional”, explica. “Comienza con un diálogo interno que dice: ‘No soy lo suficientemente atractivo/a, interesante, rico/a, delgado/a, sano/a, inteligente o productivo/a’”. Por si fuera poco, Curran afirma que esa búsqueda del perfeccionismo no es más que una forma de ocultar nuestros defectos para gustar a los demás.

Este profesor distingue claramente entre altos estándares de calidad en nuestro trabajo y perfeccionismo y pone como ejemplo a su abuelo ebanista. Trabajaba con ahínco, con placer, con mimo. Cuando acababa la silla que le habían encargado la entregaba y a otra cosa. No buscaba reconocimiento alguno, ni likes, ni agradecimiento. Sólo su paga y el placer del trabajo bien hecho. El resto era secundario.

Y el problema de esa búsqueda del santo grial llamado perfeccionismo va en aumento. En una investigación conjunta, el profesor Thomas Curran y su compañero Andrew Hill detectaron que los niveles de perfeccionismo de los más jóvenes han crecido mucho, muchísimo. ¿Serán las redes sociales? ¿Unos padres olvidadizos que exigen más de lo que se exigieron a sí mismos? ¿Un mundo locamente competitivo? ¡Quién sabe!

La buena noticia es que podemos relajar estos niveles cambiándolos por nuevos -y altos- estándares de calidad, asequibles y más que suficientes. No se trata de bajar el listón sino de dejar que nuestra creatividad surja de nuevo sin ataduras, que nuestro talento se desborde sin muros de contención.

Cómo ser una persona “good enough” [y de paso recuperar el sentido común]

 

1.- Definir estándares de calidad para cada actividad

Los umbrales de las personas perfeccionistas son inabarcables, infinitos. Centrarse en el concepto “suficientemente bueno” ayuda a fijar tareas concretas, cuantificables y realistas. Por ejemplo, “este informe estará listo para entregar cuando esté acabado y les parezca bien a tres personas de mi confianza, no cuando sea perfecto para mí”.

2.- No te centres sólo en el resultado: examina el progreso

Cambiar nuestro punto de vista es esencial. La pregunta “¿está perfecto?” debe ser sustituida por “¿es mejor que lo que teníamos?” “¿Mejora el trabajo que estamos realizando?” “¿Vamos por el camino correcto?”. Un pequeño cambio en la forma de afrontar la pregunta clave resta autoexigencia y deja fluir nuestro talento sin agobios.

3.- Relájate: estás ante la versión 1.0 de tu trabajo

Pensar esto siempre nos tranquiliza. Lo mejor es enemigo de lo bueno. Entrega ya el trabajo pendiente. Las entregas rápidas son muy valoradas en tiempos donde todo se mueve vertiginosamente. Casi siempre tendrás tiempo de perfeccionarlo más adelante: no te eternices. Dicen los expertos que si sentimos algo de vergüenza ante el primer borrador de la tarea que tenemos entre manos, vamos por el camino acertado.

4.- ¿Autocrítica? No, gracias

El perfeccionista tiende a fustigarse con frases como “soy un desastre”, “hasta un niño lo haría mejor” o “yo no puedo firmar esto”. El good enough examina su trabajo en otros términos: “qué puedo mejorar?”, “he aprendido esto o lo otro” o “la próxima vez lo haré de otra forma”. No es condescendencia sino practicidad: padeceremos menos ansiedad y todo nuestro potencial seguirá intacto.

5.- Enorgullécete de tu [buen] trabajo

Lo que has acabado es bueno y en el fondo lo sabes. Esa persona perfeccionista que habita en ti no te permite disfrutarlo al cien por cien. A la porra con los detalles que fallaron: enfócate en los aciertos, en todo lo que ha salido bien y celébralo con alegría. Una persona “suficientemente buena” es capaz de ver lo que realmente importa de un plumazo. El perfeccionista se pierde en detalles sin importancia.

Y por último, cuando acabes un trabajo, una tarea, un encargo -por insignificante que sea- resume las tres cosas de las que estás más satisfecho o satisfecha y piensa en algo que mejorarías. Y con esto has acabado. No le des más vueltas: a otra cosa…

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